viernes, 7 de agosto de 2009

Nieve de colores

Sobre un triciclo
prefabricado

yergue
una microindustria
rodante,
con soporte
de madera
o lata reciclada.
Maquillada
con acrílicos llamativos.
Bordeada
con botellas brillantes
de surtidos colores
y sabores
(tal vez de aquí
renazcan los arcoiris)

Fábrica mágica
y nómada
de la metrópolis.
Mayorista
de puerta en puerta
en los colegios
a la hora de salida,
y en esquinas sofocadas
por el sol del medío día.

¿La materia prima?
Un cubo de cristal
relleno con hilos
de plata
y que no deja
de sudar
ya que es víctima
del calentamiento global.
Lleva
uno de sus lados
cóncavo,
por el desgaste
causado
por la mano de obra.
La misma
que se persigna
pidiéndo buenas ventas
para llevar
el pan a sus hijos.

Minería de hielo
que transfiguras el sólido
a granizo terciopelado,
a espumita helada
que sensibiliza los dientes.

Al raspar
el trozo de cuarzo,
mientras en los oidos
zumba ese roce unísono
de la hojilla con el hielo,
se extrae nieve
que será teñida
con matices vivos,
rojo,
verde,
naranja,
marrón
o blanco.
Y se vierten sobre ella
lentamente
por dentro
y por fuera.

Opcional,
el toque meloso
y penetrante
de la sugestiva leche
condensada
que se acomoda
chorreándose
sobre los colores
opacándolos
pero agregándole
tanta dulzura
como la de aguita de lluvia
o la de un beso tibio.

Postre sencillo
y callejero de la Maracaibo,
compartido por parejas
y amigos.
La tradición,
el clima y la sed
lo seguirán haciendo
eterno.

Y así pase por el frente
la modernidad de los siglos,
seguirá paseando
por boulevares, calles
y autopistas
el triciclo antañón
y colorido
de los cepillaos.

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