viernes, 18 de marzo de 2011

A propósito de la Luna

[Nunca, nunca falta en un poemario, cancionero o novela la mención a la luna]


Dicen, no sé, que cuando la luna está llena la salud se vuelve enfermedad inundando las emergencias de los hospitales, los deprimidos ejecutan sus planes suicidas, los enamorados pactan su franqueza con un beso, el umbral de la tolerancia en las mujeres disminuye, los hombres lobos salen de fiesta, abundan los recién nacidos en las maternidades, los automóviles se vuelven locos y se descarrilan, las mareas entran en celo y a los poetas les da por asomarse a la ventana.

Según los egipcios, el dios Thot, creador de la escritura, retó en un juego de mesa a Jontsu, dios de la luna, quien apostó su brillo. Jontsu perdió el juego y Thot se quedó con el fulgor lunar para siempre. Los indígenas mexicanos, dicen que hubo un dios llamado Tecuciztécatl, que se ofreció para alumbrar el mundo, se arrojó al fuego y apareció en la noche convertido en luna. Pasó el tiempo y cien años antes de que la NASA codiciara la luna, el Gun Club se le adelantó por obra y gracia de un delirio de Verne.

Dice Jaime Sabines que la luna se puede dar como postre a los niños y que también tiene propiedades hipnóticas y sedativas. Benedetti cuenta que más que un fenómeno natural es un fenómeno cultural y Borges secillamente dice que en la luna es donde moran los sueños.

A veces, pienso que la luna podría ser una pantalla circular de un autocine aún sin estrenar o un gigantesco copo de nieve suspendido en el espacio, otras veces creo que es una titiritera que nos maneja a su antojo con sus hilos de luz suavecita.

Sólo puedo asegurar algo, y esto es irrefutable, para mi sobrinita la luna es la linterna de los ángeles.

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