Sobre la cama esas vueltas son intolerables y el silencio es como la noche de un manicomio. Si los ojos conspiran en contra del letargo durante horas, tome en sus manos a Rayuela y mézclelo con 1 onza de café exprés, leche y azúcar. Disuelva bien. Transforme las sombras de las paredes en malabaristas variopintos, en títeres danzantes de madera, en nigromantes amistosos y en hipocampos voladores. No, no confunda esa silueta con un sombrero de bruja, que sea mejor la Cornucopia de Amaltea y, según su gusto, vuélvase un Peter Pan o una Pippi Longstocking. Sus párpados esperan que saboree un Nocturno de Chopin con sus oídos y un té de toronjil con el olfato. Haga que el tic-tac del reloj sea la melodía de una caja musical. Tome el teléfono, y rescate la llamada de una muchacha, una de las tres llamadas que se perdieron en el mundo de las altas frecuencias. ¿Sed? Abra la ventana y beba de las cataratas de luz que se desbordan de la luna. Vuelva a acostarse y tome un sorbo de Rayuela. Reviva unos minutos en el Tom Sawyer que se echaba a soñar a orillas del Misisipi y regrese de nuevo montado en Rocinante. Abra el techo de su alcoba como un estuche, y entable conversación con la Osa Mayor sobre las teorías de Stephen Hawking. Cierre su techo, beba el último sorbo de Rayuela, escuche el último compás del Nocturno, despida las sombras, apague la caja musical. Amaneció.






¡GRACIAS! aunque siempre hayas sido mal rescatista, seguramente tú también vives FELIZ! :) Salud!
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