Que ni se le ocurra por ninguna casualidad llamarte.
[Si es que los poemas en los no estás, no te llaman]
Voy a escribir un poema amordazado.
Uno que no te invoque.
Uno que ya esté aburrido de besarte,
de ir contigo al teatro
y de escucharte tararear jazz en sus oídos.
Podría convertirlo en mi credo
o filosofía de vida.
Tatuarlo en el revés de mi muñeca.
Tomármelo cada 12 horas por el resto de mi muerte.
Pero repito:
No debe nombrarte en ningún momento.
Que cuando se me ocurra mencionarte
las letras de tu nombre no funcionen en mi teclado.
Que la boca del poema se adhiera,
que agonice
y no pueda gritar tu nombre.
Voy a escribir un poema mudo como el grito de una estrella.
Que nadie pueda escucharlo cuando te anuncie.
Ni lo puedas socorrer cuando esté indefenso.
Voy a escribir un poema que te tire por la borda.
Que te entregue como sacrificio para mis dioses
y se deleiten con el olor de tus cenizas.
Borrarte.
Ocultarte para siempre en una tumba de titanio
y escribir que nunca exististe.
Voy a escribir un poema autócrata que te destierre de su patria.
Que te quite la nacionalidad y todos los derechos.
Que te haga nadie.
Si aún así sigues apareciéndote
por mis libros, mis plazas, mis calles
y cuando vaya a mencionar otro nombre
me baila el tuyo en los labios
terminaré escribiendo un poema asesino.






¡Ah caramba!, un poema dulce y escandaloso.
ResponderEliminarUna banderita blanca con ocho letras.
Anéxale a tu tobillo,
que la poesía,
no nos sirve para matarnos.