
El domingo es la gestación tediosa del lunes.
El daguerrotipo oxidado de la monotonía.
La transmutación del exceso sabatino a la alcoba.
El circulo vicioso de un control remoto.
La resaca, la flojera, el hastío.
Es el acto fúnebre de las quimeras sin té de manzanilla.
El domingo lleva un viento soporífero para el obrero.
Es la autopista con el asfalto desnudo y semáforos solitarios.
Es la cabaña donde habita el abuelo de la soledad masoquista.
Es el atardecer parsimonioso que te apuñala con el minutero.
Es la emulación trivial del Sermón del Monte hecha por un cura.
Es la santamaría cerrada, un motel desechable, un cigarrillo.
Es el vértice asiduo donde se pliegan padres con hijos
y es la tangente que los separa.
Es la sonrisa insulsa de un arlequín barato.
El eco del silencio con un chirriar de grillos.
El orfanato de los hijos-marionetas del sosiego.
El Internet, el péndulo, las astas del ventilador.
El domingo es la ley marcial contra la alegría.
El proxeneta magnate del desaliento.
La desesperanza sentada en la última silla de la sala de espera.
Es un monarca ermitaño convertido en tirano.
El domingo es el seudónimo preferido de la anhedonia.
Es el damero de un analfabeta.
Domingo, misantropía, café en la ventana, hojarasca.






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