Una muchedumbre de espejismos con sesos de celuloide marcha por mis alrededores.
Reverberaciones absurdas
salen de sus bocas
que besan por besar
y mastican vallas publicitarias.
Caminan en círculos,
cabizbajos como los demagogos que pierden las elecciones.
Se desnudan para Tommy Hilfiger o Calvin Klein
en los vestidores
y se juntan como los buitres en los rellenos sanitarios
para limpiarle el culo con las manos
a los cajeros automáticos.
Sus corazones están cubiertos con papel tapiz,
bombean pus como una fuente artificial
y sus latidos suenan como el timbre de las cajas registradoras.
Quieren escaparse de ellos mismos.
A veces miro como sobresalen sus manos
y sus rostros intranquilos
desde dentro de su abdomen,
por debajo de su piel,
llorando como almas de catacumbas.
Son una tropa de lombrices viscosas
que se resbalan por los cristales de las vitrinas
y se acuestan a dormir por las noches
con el estómago lleno de Televisión
y tinta de Periódico.
Sobrevivirán muriendo a cada instante,
desintegrándose en un aroma de peluquería
o en un humo de fábrica
por el cielo de las avenidas.
Su función nunca termina.







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